Í annan heim


Nos encontramos en Barðaströnd, en medio de la nada del los Vestfirðir, noroeste de Islandia. Yo caminaba hacia el oeste con mi mochila a cuestas y me detenía a hacer el signo de autoestop cuando divisaba algún coche. Me dirigía al máximo oeste posible de la isla y de Europa: Látrabjarg. Ya algunos coches de matrícula islandesa alquilados por extranjeros habían pasado rugiendo por la carretera, ocupados en seguir rodando. Aquel grupo de coches recién salidos del ferry era mi oportunidad, pero quedaban ya pocos por pasar. Encogiéndome mentalmente de hombros, me dije que esperaría a que pasara el grupo de vehículos provenientes del puerto y luego volvería a Flókalundur para regresar al norte. Que no fuese por no haberlo intentado. Me sentía extrañamente cómoda en medio de la nada, sola entre formaciones geológicas, algún coche por los caminos de vez en cuando. Tenía conmigo agua, comida y casa: no había motivos para preocuparse. El cielo era claro y el océano se abría vasto ante mis ojos. Entonces uno de los coches se detuvo. Lo conducía un hombre solo. Por un momento un pensamiento de desconfianza cruzó mi mente. ¿Debía una chica joven y sola subir al coche de un hombre de treinta y pico años de edad? Pero al segundo siguiente mi instinto lo había aprobado y estábamos hablando en inglés. Me gustó la mirada de aquellos ojos tan azules, la sonrisa honesta, la gestualidad amable. Reconocí un cierto acento español en aquel inglés tan bueno que no me encajaba —hasta entonces, todo español con quien me había encontrado en el extranjero tenía un inglés que dejaba mucho que desear y un evidentísimo acento de mi país. El acento era menos obvio en aquel hombre, pero allí estaba; y su inglés era inusitadamente fluido y de vocabulario muy amplio. "Where are your from?", le pregunté, sentándome en el asiento del copiloto. "Spain", confirmó, "and you?". "Yo también", respondí en un sorprendente español perfecto mientras le tendía la mano al estilo europeo. "Encantada de conocerte".

Ése fue el inicio de un fantástico día de ruta en coche por los Vestfirðir. Desde Látrabjarg hasta Þingeyri, seguimos la silueta de todos los fiordos por aquellas carreteras islandesas, con tramos asfaltados y tramos de tierra, construidas por descendientes de los vikingos en unos paisajes increíbles. Aquella belleza dura, volcánica, aquella belleza tranquila y terrible de los Vestfirðir, donde el fuego ya no quema la tierra y la tierra ya no tiembla, pero el recuerdo de la furia permanece, alzándose quietamente ante los ojos. Los verdes barrancos de Látrabjarg, aquellas montañas negras y abruptas, los campos de lava, las extensiones de rocas afiladas, los azulísimos fiordos, cada curva de la carretera era un mundo nuevo. Es curioso como a veces el destino junta a las personas para luego volverlas a separar, quizás para siempre. No es algo ncesariamente malo, pero es extraño. El viajero solitario conoce eso, y sonríe ante ello. La caminante solitaria sonríe mientras sus pasos siguen el margen del camino y sus ojos se pierden en la vastedad del océano. Aquella luz solar tan especial, tan blanca, la acompaña hasta el mundo de los sueños. Lejos están los días de lucha, los días de lucha continua contra el mundo, contra sí misma, contra su propio cuerpo. Su cuerpo se serenó en la vastedad de aquellos páramos, y ahora duerme aunque el viento ulule, aunque el frío cale, aunque el crepúsculo no llegue nunca.

Nunca he sabido muy bien si en mí hay un alma. Que algo nunca sea afectado por nada, que no reaccione ante nada, hace que se dude de su existencia. Quizás tengo dos, una de ángel, la otra de bestia del averno: dos enlazadas en una, pues a veces siento cómo pelean en la profundidad. Quizás tenga mil, y por eso no sé encontrarme una. Si la tengo, pero, aquella tierra la tocó, y allí donde la desgarró con su luz me duele ahora, al estar lejos, la herida. Cuando jadeando recorría sus caminos, gritando en voz alta a mi cuerpo que aguantase, que siguiera pedaleando, que no fuese tan débil, mientras los caballos corrían ladera arriba, no me daba cuenta de lo me estaba sucediendo. Cuando obligaba mis brazos y mi espalda a responder a pesar del dolor, a seguir escalando las rocas bajo amenaza de romperme la cabeza si mis músculos aflojaban, no me daba cuenta; cuando ordenaba a mis piernas continuar caminando montaña arriba con la mochila a cuestas, a mi ánimo a sonreír al siguiente coche que aparecía por la carretera, a no temblar de frío, a confiar en aquellos nórdicos desconocidos, no me daba cuenta. Cuando miraba a los ojos a los descendientes de los vikingos, esperando que me confundieran otra vez con uno de ellos y me hablasen en su antiquísima lengua, forzándome a prestar atención y a aprenderla, a responder, aquella lengua de musicalidad misteriosa, delicada, encantadora, cuando buscaba más música engendrada por ella, para que me cantase, para que aquellos paisajes me cantaran, no me daba cuenta. ¿Puede uno enamorarse de una tierra? ¿Acaso es eso posible? Cuando aquella mañana, muy temprano, me levanté para tomar mi mochila e irme, no sé cómo pude hacerlo. No sé cómo pude retirar mi mano de la mano que la tomaba, cálida, suavemente enlazados los dedos, e irme. Quizás porque no podía hacer otra cosa. "Nos vemos", dije. No pude decir adiós. Por supuesto que no iba a decir adiós, porque iba a regresar. "Nos vemos", respondió aquel hijo de dragones; no me miró. Sus cabellos estaban todavía recogidos en la larga trenza color del fuego que serpenteaba a su lado, y el invierno de sus ojos se ocultaba del otoño de los míos. No hace falta decir adiós a alguien que volverá pronto, dentro de unos instantes, dentro de algún tiempo. A quien volverá a aquella misma puerta de sótano, aunque un alma que suspira por la libertad nunca se queda mucho. Un hijo de dragones sabe cómo siente una hija de dragones; sabe que muy pronto querré volar hasta las carreteras y de las carreteras a los caminos, a los fiordos, las montañas, los campos de lava, los riachuelos límpidos, yo ante ellos, entre ellos, en ellos, solitaria bajo el enorme cielo, bajo ese sol que se negaba a ponerse, a señalarme claramente el este y el oeste. Esa tierra que me obligaba a memorizar mapas geológicos e identificarlos con las formaciones ante mis ojos, a desconfiar de los viajeros del sur, a veces demasiado altaneros como para ceder ante la evidencia que tan claramente se mostraba a mis ojos de caminante. Y sin embargo, tampoco yo sabía nada, tampoco yo sé nada de ella, esa tierra que me empujaba más allá de mis propios límites una y otra vez, sin merced, golpeándome con su belleza, con su dureza. ¿Puede uno enamorarse de una tierra? ¿De una tierra a la que es arrojado por casualidad, por un capricho, por un ansia de volar? ¿Cómo? Nos encontramos en Barðaströnd, en medio de la nada del los Vestfirðir, noroeste de Islandia. Yo caminaba hacia el oeste con mi mochila a cuestas y me detenía a hacer el signo de autoestop cuando veía a venir algún coche. Me dirigía al máximo oeste posible de la isla y de Europa: Látrabjarg. Para aquel entonces quizás ya había empezado a sentir aquella herida, algo se había resquebrajado en mí, y en lo más profundo de la grieta se podía ver fuego. Ansiaba el terremoto, la erupción del volcán dormido, la tormenta eléctrica en la gran nube de ceniza, el río abrasador de lava. No los hubo. Me encontré en medio de Vestfirðir, donde la lucha había ya concluido y aquella impasible belleza quería reflejarse en un mí, en el espejo que soy. Y así fue. Al aterrizar en la gran urbe capital de mi país, al verme de nuevo en el ruido, la gente y la contaminación, todavía llevaba aquella belleza en los ojos, aquella fuerza resonaba aún en mí. Arrojada a la vida que llevo ahora, una vida que apenas me deja respirar, sueño con los verdes acantilados que se lanzan hacia el cielo, las negras montañas sin bosque y los largos fiordos azules. No tengo adónde ir. No tengo a quién amar. No tengo nada por lo que luchar. Iré pues a la tierra de hielo y fuego. ¿Cómo no iba a hacerlo? ¿Cómo no iba a volver? Espérame, espérame aurora del norte, esperadme estrellas, espérame sol de medianoche, esperadme volcanes, glaciares, montañas, esperadme fiordos, cascadas, riachuelos, soledad bajo aquel claro cielo, bajo aquel nubladísimo cielo... Espérame, espérame sólo un poco más, sólo un poco más, Ísland, í annan heim.

Comentaris

  1. Bien. Me ha gustado mucho. Y algo "me ha tocado"". Ahora escribiré un comentario, para intentar explicartelo (y tardaré, ya que no tengo tú facilidad). Por ahora me limito a decir que escribes, además, en un castellano precioso... que envidia ;)

    Debes intentar publicar Anna.

    (el comentario anterior lo he borrado porque, una vez leído, no me había gustado la redacción, me suele ocurrir)

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  2. Gracias. Dudé en publicar éste porque el romántico que hay en mí se dejaba llevar demasiado por el entusiasmo mientras escribía, y tenía que hacerle volver a sus sentidos continuamente para que produjese algo coherente. Tuve que esperar un mes o dos para poder escribir sobre Islandia.

    Cualquier recomendación de lectura es bienvenida, por cierto. No sé qué clásico castellano leer ahora.

    Ningún problema lo de eliminar comentarios, a mí también me pasa mucho, especialmente desde que tengo facebook.

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  3. Hola Anna, dame un poco más de tiempo...quiero contestarte "como Dios manda", y no estoy inspirado. La tesis me reconcome...

    Eso sí, sobre "clasicos castellanos", te puedo recomendar dos ensayos, para mi gusto, maravillosos (muy en especial el primero) de José Jimenez Lozano: "Los ojos del icono" y "Guia espiritual de Castilla".

    Mi cariño ante los libros de este buen señor, tiene, además, relación con una anecdota. Hace tres años, después de estar viviendo, por primera vez, en Polonia decidí que tenía que hacer "punto y a aparte " y realizar algo diferente a lo que he hecho antes. Así que me compré unas chirucas, unos palos de treking y me puse a andar el camino de Santiago...pero desde Madrid. Durante dos semanas cruce -sólo- toda Castilla, de sur a norte (Madrid-Segovia-Coca- Valladolid- Medina de Rioseco- Sahagun). En, creo, la septima jornada, acabé en un pueblecito de Valladolid llamado Alcazarén. Me sonaba el nombre de ese pueblo, hasta que caí en la cuenta de que ahí vivía este escritor. Se lo pregunté a un paisano y me dijo que sí. Aunque muy timido para estas cosas, al decirme que era una persona afable,me atreví a llamar a su puerta. Me recibió una señora que resultó ser su hija. Le comenté que, claro, que disculpase la molestia, que no quería importunarle (es una persona ya bastante mayor) pero había leido bastantes libros de su padre y, simplemente, quería (si era posible) saludarle. Pues bueno...dos horas estuve en esa casa. Hablamos mucho, me enseño su biblioteca (enorme, maravillosa, con ediciones estupendas de Kierkegaard, Pascal, Spinoza, Simone Weil...) y su estudio (una habitación practicamente desnuda con una mesa de madera delante de la chimenea) y, después, toda su casa. Un encanto de señor.

    Te lo recomiendo pues...

    Un saludo

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  4. Hermosa anécdota. Por lo demás, no obligation. Tengo asumido que mi blog seguirá desierto un tiempo más aunque publique en él, en parte por su irregularidad, en parte porque no estoy segura de que mis textos inviten a hablar... quizás invitan a callar. O quizás simplemente no los lee casi nadie. Todas las opciones me parecen bien.

    ¡Mucho ánimo con tu tesis!

    Un saludo

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