Pinzellades d'una obsessió
Todo su cuerpo, des del blanco cabello hasta la planta de los pies, gritaba que lo hiciese. Se lo suplicaba. Resistirlo era muy doloroso. Renunciar, imposible. No podía hacer eso. El mero hecho de planteárselo hacía que la deseara más. Era de locos. No podía quitársela de la cabeza, ni de día ni de noche. De día lograba, tras esfuerzos indecibles, concentrarse en otras cosas, pero por las noches… deseaba que llegaran para luego maldecir los sueños que se presentaban, insistentes, sin falta. Si se negaba a dormir, no podía deshacerse de la imagen de ella. Si dormía, tampoco.
―Me estoy volviendo loco, Keith ―consiguió murmurar. El dragón lo cubrió con el ala en un suave gesto protector―. Me estoy volviendo loco ―hundió la cara entre sus manos un instante y luego se las pasó por el pelo, agarrándoselo entre los dedos, tirando de él―. Nunca debí haber desatado todo esto, nunca, nunca debí.
―Me estoy volviendo loco, Keith ―consiguió murmurar. El dragón lo cubrió con el ala en un suave gesto protector―. Me estoy volviendo loco ―hundió la cara entre sus manos un instante y luego se las pasó por el pelo, agarrándoselo entre los dedos, tirando de él―. Nunca debí haber desatado todo esto, nunca, nunca debí.
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